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Deber

El deber del deber

Mal futuro nos veo, terminaba la primera entrega. Pero ea, veamos qué hacer.

La ignorancia congénita (basada en la comodidad a cualquier precio), nos trajo al fracaso escolar y pide reparación.

  • (Ignorancia es ver eternidad, pureza, felicidad y Yo en lo que es caduco, impuro, dolor y no-Yo. Patañjali, sutra 5 del libro 2)

¿Tenemos derecho a no curar cuando estamos enfermos o a no estudiar cuando estamos ignorantes?

Podemos (somos libres. Más bien estamos condenados a ser libres, aunque sin olvidar que mi libertad termina donde empieza la tuya (Sartre), pero no debemos. Transcribo abajo una columna de Vicente Verdú publicada en 1999 en El País, recogida en http://www.adelal.com/nOproblemO/cuival/libros/El%20deber.html y que ya entonces me pareció acertada e interesante.

Cuando vivamos en un eremitorio, es cosa nuestra. Pero en sociedad nuestros males infectan a los demás y nuestra ignorancia los esclaviza.

O sea que no, no tenemos derecho. Ignorantes a la escuela, enfermos al hospital.

Entonces, si no tenemos derecho a permanecer ignorantes, hemos de programarnos para ir cubriendo las lagunas que nos debilitan.

Contra ignorancia, intolerancia. Ahora que el aifón nos acerca la cultura toda al bolsillo, no hay disculpa. Ignorantes, que somos todos, a la escuela. A aprender en un ciclo de formación continua del que nadie estamos exentos.

Toda sociedad se asienta en credos. Primero míticos; a partir de los griegos, lógicos. Julio Ramón Ribeyro marca la inflexión entre ciencia y religión: “Entrar en debate con tu contrincante significa admitir que puede tener razón”. Efectivamente las creencias, como los miedos, son libres y no tiene sentido debatirlas. O se comparten o no. Pero las ciencias tienen sus protocolos.

Cada religión puede mantener sus mitos, pero en su caverna. En la sociedad está obligada a respetar la lógica común.

El deber

Varios de los educadores veteranos y más conscientes se han hartado ya. José Antonio Marina escribió El misterio de la voluntad perdida, Fernando Savater publicó hace poco su conminación directa: Despierta y lee; y ahora, esta semana, parece en castellano Ten coraje, de Francesco Alberoni. Porque estos tres personajes no se parecen entre sí, gana mayor valor su demanda de valores.
Desde mediados de los años setenta, el muestrario ético de la modernidad entró en crisis, y cada vindicación de la voluntad, la disciplina, el entusiasmo, el esfuerzo o la constancia sonaban ya a monsergas. La vida, orientada por el consumo y la satisfacción inmediata, sería para gozarla aquí, enseguida y sin complejos. Otros profesores, como Lipovetsky, narraron cómo en los últimos tiempos se abrió un horizonte laxo donde podía contemplarse «el crepúsculo del deber».
No sólo el deber de servir a la patria pareció anacrónico, el deber para con los educadores, la pareja, el deber respecto al trabajo bien hecho o los estudios difíciles se rebajaron como un fastidioso lastre. Por el contrario, la ardorosa demanda de derechos decidió el clima, y, a ese calor, la arquitectura ética vio derretirse sus pilares. El todo vale en los asuntos del arte se correspondió con la compota del pensamiento débil, el placer sin aplazamiento se relacionaba con los «pelotazos», las ideologías sin aroma con los pestazos de la corrupción.
La reacción a esa informalidad no es raro que nazca entre formadores de la conciencia. Pero incluso en lo inconsciente, en la moda de las tallas estrechas, en la nueva raya impecable del pantalón Levi’s, en los tejidos metálicos, en las formas más retro de los coches, en la estricta política económica, en la nueva escritura o el nuevo cine de precisión, en la proclama femenina, sola y singular, se constata el deseo de un nítido bastidor moral que devuelva claridad, peso y sentido a la tarea de tratar con uno mismo.

Vicente Verdú. El País 16-3-1999

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